Día del Maestro | Dos maestras, distintas generaciones y una mirada compartida que marca la diferencia.-

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OPINIÓN | Experiencias que trascienden los espacios educativos.-

Estás reflexiones surgen a partir de unas fotos que además de registrar  un emotivo momento lograron  conseguir algo   más poderoso que  fue regresar en el tiempo y redimensionar la función de dos maestras cuatro décadas mediante. Eso fue lo que me pasó  hace algunos días, cuando recibí unas fotos de mi primer grado, tomadas en 1982. Me las  envió Isabel Ponce, mi primera maestra, en los dos primeros grados de mi escuela primaria y conservan  una pequeña parte de su historia que también es parte de la mía. Esto me llevó a vincular otra situación más reciente en la trayectoria educativa con la profesora Laura Garmendia.

¡Qué sorpresa tan grande!

Si bien nos hemos cruzado y hemos conversado en algunas ocasiones a lo largo de estos años, desconocía por completo la existencia de esas fotos. El mensaje de Isabel me movilizó. La escena escolar registrada parece muy lejana, sin embargo, ha permanecido durante todos estos años en su memoria y desde ahí comenzó a tomar forma parte de la idea de esta nota.

Me conmovió realmente pensar que  apenas comenzaba   la escuela, sin poder dimensionar quiénes eran las personas que estaban en aquellos primeros años, haber quedado tan presente en la memoria de quien estaba al frente de aquella aula.

Isabel Ponce fue mi primera maestra, durante los dos primeros grados en la Escuela Primaria N.º 2 Hipólito Yrigoyen de Saladillo. Y ella también daba entonces sus primeros pasos en la docencia. Con Isabel aprendí a leer y a escribir. Después de esos dos años se cambiaría de escuela hacia General Alvear.  

Eran otros tiempos, pero ya era una escuela “picante”, un destino no demasiado buscado por los docentes. No existían los teléfonos celulares, internet ni las redes sociales. La información circulaba por otros canales: el libro de la biblioteca, el pizarrón, el cuaderno y la palabra de la maestra tenían peso. La relación entre las familias y la escuela tenía otros códigos. También eran diferentes las preguntas que la sociedad hacía —o no hacía— a la institución educativa.

La manera de pensar la diversidad, las dificultades de aprendizaje y la inclusión distaba mucho de las categorías con las que hoy intentamos comprender esas realidades. Lo que sí  creo que  atraviesa cualquier cambio de época, es la manera en que un maestro mira a sus alumnos y se vincula con ellos.

Y eso es precisamente lo que recuerdo de Isabel.

No solamente su capacidad para llegar, enseñar y motivar, sino también su predisposición y su vocación. Hoy puedo advertir  mucho mejor como se relacionaba con sus alumnos, lo  que puede verse en las fotos  del festejo de un cumpleaños en el aula, como lo hacía con todos, para que cada niño tuviera su propia celebración compartida con sus compañeros en la escuela.

Para ella, aquellos niños no éramos simplemente un grupo que transitoriamente estaba bajo su responsabilidad. Éramos personas. Es decir, sujetos  con una historia, con su carácter, sus tiempos, sus dificultades, sus preguntas y su propia impronta para descubrir el mundo.

Es que difícilmente una niña, niño o joven pueda abrirse al aprendizaje cuando tiene hambre, o el sufrimiento o una realidad que lo desborda ocupa todo su mundo.
Ahí es donde para enseñar es impredecible saber mirar, advertir qué le está pasando y comprender que, antes de incorporar un conocimiento, necesita encontrarle un sentido. que logra vincularse con su realidad, con sus intereses y con lo que siente. Así un contenido deja de ser algo que simplemente se transmite y puede convertirse en una verdadera posibilidad de incorporar un nuevo conocimiento.

Puede parecer una obviedad, una redundancia. Algo que debería estar incorporado en quien asume la responsabilidad de estar frente a un aula. Pero no lo está. Porque hay quienes aún hoy sostienen que enseñar se limita a  la transmisión   de información o de determinados datos que por otra parte ya estan al alcance por otros medios. El proceso de aprendzaje implica algo más profundo y complejo, es reconocer que delante hay otra persona cuyo futuro   se define.

Y ese otro no es un objeto sobre el cual se aplica una práctica. Es un sujeto que participa, siente, interpreta, aprende, se equivoca y construye su propio recorrido.

Isabel, con su voz suave pero firme, no utilizaba entonces las palabras con las que hoy la pedagogía define esa concepción. Pero comprendía algo esencial: el vínculo importa y mucho.

Por supuesto que existen conocimientos que pueden transmitirse sin que necesariamente exista una relación significativa entre quien enseña y quien aprende. Pero durante la primera infancia, hay aprendizajes que encuentran un terreno mucho más fértil cuando el alumno siente que quien está enfrente lo reconoce, lo escucha, lo respeta y cree en sus posibilidades.

Entiendo que generar ese vínculo no es un adorno de la tarea docente. Es un elemento definitorio de ella.

Cuando hace pocos días Isabel me envió esas fotos, lejos había quedado aquella joven Isabel de veintitantos años. Hoy todo el pueblo la conoce también como la compañera de vida del genio creador del helicóptero ultraliviano “Pirincho” Ulderico Cicaré.

Tras el mensaje  volví a manifestarle, como lo he hecho cada vez que me he cruzado con ella, mi afecto y mi gratitud, y le dije también  que en algún momento me gustaría hacerle una linda entrevista, algo que en algunos casos    me ha quedado para demasiado tarde. Pienso que la  función que cumplió  Isabel    forma parte de mi historia y me permite, al mismo tiempo, redimensionar la tarea docente y reconocer a quienes son verdaderos maestros.

Mientras todavía tenía a medio procesar el  mensaje de mi maestra, en ese rulo vertiginoso de la vida apareció una segunda situación, vinculada con la experiencia que hoy, cotidianamente, me hace mirar la educación desde el lugar de madre. Y a pesar de tener cuatro trayectorias educativas,   en ese recorrido aparece con un rol excepcional para destacar la profesora Laura Garmendia, quien acompaña a nuestro hijo menor desde hace tres años.

Laura pertenece a otra generación y desarrolla su tarea en el ámbito público en la Escuela de Educación “Especial” Nº 502 y y en el ámbito privado como maestra de apoyo particular en la ciudad de Lobos. Lo hace atravesando situaciones muy diferentes de aquellas que conocí en mi infancia, pero con algo en común en su manera de ejercer la profesión que inmediatamente me llevó a unir ambas experiencias: la misma convicción de que detrás de cada alumno hay una persona con la que es necesario conectar.

Salvando las distancias, Laura debe enfrentarse a desafíos diferentes y, en muchos sentidos, más complejos.

La semana pasada, ante un requerimiento concreto que Laura no dudó en agilizar y frente al que inmediatamente se puso a disposición, nuestro hijo con admiración resumió su impresión en esta  frase categórica:

“¡Qué mujer increíble!”

Quizás no haga falta agregar demasiado.

La escuela de hoy recibe una diversidad de realidades que exige mucho más que aplicar mecánicamente una planificación. La inclusión, las trayectorias particulares, las barreras para el aprendizaje, las diferencias en los tiempos y las formas de aprender y las situaciones sociales y familiares que inevitablemente atraviesan el aula obligan al docente a tomar decisiones, interpretar contextos y encontrar respuestas que no siempre están escritas en un manual.

Es ahí donde Isabel y Laura marcan  la diferencia.

Laura   frente a las dificultades NO  elige el camino más sencillo: involucrarse menos.

Hace exactamente lo contrario. Despliega recursos, recrea situaciones, busca alternativas, da un paso atrás para recalcular y vuelve a intentarlo. No se rinde. No “tira la toalla”. Lo intenta todo, porque su compromiso parte de una convicción: vale la pena intentarlo todas las veces que sea necesario para que el estudiante encuentre motivación y pueda involucrarse en su propio proceso de aprendizaje.

Pone sus conocimientos, su experiencia, su criterio, su sensibilidad y, muchas veces, también el cuerpo y el alma para afianzar el vínculo con cada alumno que le toca acompañar.

Busca alternativas. Se pregunta qué puede hacerse. Intenta encontrar caminos cuando aparecen obstáculos. Entiende que una dificultad no debería convertirse automáticamente en una barrera definitiva que excluya a un niño o a un joven de su derecho a la educación.

Pero no lo dice solamente.

Lo pone en práctica todos los días, brindándose para que la teoría pueda transformarse en una realidad concreta.

Por eso resultaría una injusticia no reconocer hoy la tarea de Laura, especialmente en un sistema educativo que muchas veces parece haber perdido el rumbo.

No porque falte normativa. Tampoco porque se desconozcan las dificultades que atraviesan quienes tienen hoy la responsabilidad de enseñar.

El problema aparece cuando las respuestas   se pierden entre disputas o desconocimiento de jerarquías, responsabilidades que se trasladan sin que nadie se haga cargo y criterios que no siempre llegan con claridad allí donde deben convertirse en decisiones y acciones  concretas.

Los contenidos cambian, los programas se modifican, las herramientas evolucionan  los criterios o  teorías pedagógicas se revisan.

Pero encontrar a un docente que conserve  la capacidad de mirar primero a la persona, de cumplir con su tarea y  también de comprometerse con acciones concretas frente a las potencialidades y dificultades de cada alumno, constituye un verdadero valor cualitativo.

Esos docentes hacen la diferencia.

Yo los llamo maestros y coincidiendo con la fecha formal   del Día del Maestro  es justo reconocer a quienes, desde lugares y épocas diferentes, entendieron que educar también significa mirar, escuchar, acompañar y comprometerse.

Por estas razones, la distancia generacional entre Isabel y Laura  tiene conciencias esenciales, si bien las escuelas no son las mismas, los niños, las niñas y los jóvenes tampoco enfrentan los mismos desafíos y el  paradigma educativo cambió  y seguirá cambiando.

Lo que permanece en estas dos experiencias que comparto, y considero que también en medio de cualquier transformación educativa, tecnológica o social, es la capacidad de un maestro de hacerle sentir a un alumno que importa. Lo que comprende la prioridad en  generar un vínculo. Un vínculo coherente. Sincero. Verdadero.

Hace más de cuarenta años, Isabel Ponce fue mi primera referencia fuera del ámbito familiar.

Desde hace tres años, Laura Garmendia me permite reconocer nuevamente esa misma manera de entender la docencia.

Y en ambas encuentro una oportunidad para poner en palabras la relevancia de que el derecho a la educación se garantice, de verdad, y mi gratitud hacia quienes consiguen trascender positivamente en cada niña, niño o joven que tuvieron o tienen en una institución educativa, con cualquier   modalidad, presencial o virtual.

Quizás esa sea una de las cosas más hermosas que puede producir la educación: que una experiencia vivida durante la infancia pueda resignificarse   años después no solamente por lo que logró que aprendiéramos, sino también por que consiguió   acompañar el aprendizaje curricular con el crecimiento emocional de cada estudiante.-

El reconocimiento a estas dos mujeres que, separadas por cuatro décadas y por realidades educativas muy diferentes, me permitieron reencontrarme con una misma manera de entender la educación: aquella que pone a la persona en el centro, que comprende el valor del vínculo y que asume que enseñar también es acompañar y alojar.

A Isabel, por su motivación e  inspiración durante mi primera infancia.

A Laura, por demostrarme que todavía existen docentes capaces de poner su conocimiento, empatía, criterio, predisposición, compromiso, cuerpo y alma detrás de cada alumno que acompañan.

A las dos, mi reconocimiento y mi gratitud.

Graciela E. Achabal, 13 de septiembre de 2026

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